La belleza del sur de Honduras

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Siempre que voy al Pacífico hondureño llego a la misma conclusión: el sur de Honduras está infravalorado. Siempre se oye hablar de Ceiba y Tela, también, por supuesto, de Cayos Cochinos e Islas de la Bahía  y no es para menos, son lugares de gran belleza, pero el sur… ¡el sur me tiene enamorada!.

He tenido la gran oportunidad de ir a la comunidad de El Venado dos veces. La primera, comentada en este blog, fue para dar un taller de periodismo comunitario. Justo en esa semana que estuve, era la época de desove de la tortuga golfina y participé en la actividad de recogida de huevos.

La siguiente vez fue hace dos fines de semana, cuando era hora de soltar a las tortuguitas recién nacidas al océano para que comenzaran su larga travesía por el Pacífico. No sé sabe bien dónde van ni cuántas de ellas sobreviven, pero aún así o quizás precisamente por ello, la comunidad y sus voluntarios se vuelcan a fondo para asegurar que los huevos maduran y se convierten en nuevas tortugas, intentando revertir el proceso de extinción de esta especie que se ha convertido en todo un símbolo de identidad del sur de Honduras.

Hace poco, un turista español que se encontraba viajando por Centroamérica me contó que en Costa Rica presenció también el desove de la tortuga. Comentó que llegó una tortuga a la playa y eran 130 turistas (se molestó en contarlos) haciendo fotos y, en definitiva, robando la esencia del momento.

Eso es precisamente lo que más me engancha del sur de Honduras, que el turismo es comunitario. Esto quiere decir que además de la experiencia inolvidable de ese contacto con la naturaleza y con los seres vivos, también se disfruta de las pláticas con la gente de la comunidad, personas luchadoras que se organizan para proteger la flora y la fauna y afrontar todos los problemas que azotan al sur del país, que, dicho sea de paso, no son pocos.

Disfrutar de esa vida tranquila en comunidad, aprender de todo lo que los miembros del Comité de Protección de la Tortuga Golfina pueden explicar y enseñar, tener un fin de semana purificador respirando aire puro, disfrutar de los espectaculares atardeceres , de interminables paseos en los más de 5 kilómetros de playa impecable, gracias también a la labor de los voluntarios comunitarios y, no se me podía olvidar, contemplar las miles de estrellas, ¡todas ellas!, que se observan desde esta parte del país.

No es mi intención hacer publicidad en este blog, pero realmente creo que esta comunidad merece ser visitada por los hondureños y hondureñas. La idea del Comité es convertirse en un proyecto autosustentable y generar empleo dentro de la comunidad, y no depender, en cierto modo, de los fondos que reciben de algunos proyectos. Para conseguir ese sueño, sólo necesitan darse a conocer, porque el resto ya lo tienen: alojamiento, comedor, servicio de lanchas, un entorno bello y mucha voluntad de atender a los visitantes y hacerlos sentir como en casa.

Por mi parte, me he involucrado en este proyecto de lleno, porque me parece que tiene un gran potencial y que el turismo comunitario ayudará a la zona a tener nuevas fuentes de ingresos y desarrollar esa área. Es por ello, que cuatro muchachas de la comunidad vecina de Guapinol estuvieron este semana en Tegucigalpa recibiendo un taller de capacitación en actualización web y han hecho un maravilloso trabajo en su página, añadiendo un montón de fotos y toda la información necesaria para facilitar la llegada de los turistas.

www.centrotortugas.weebly.com

La matanza en Olancho y los 8 goles de Honduras

El martes  pasado, justo a la hora del partido de Honduras contra Canadá, iba caminando hacia el trabajo cuando Honduras marcó su segundo gol. Fue un momento realmente especial, porque en plena calle, el clamor se escuchó como un solo grito de alegría, en stereo, de norte a sur y de ese a oeste, recorriendo la ciudad en un ángulo de 360 grados. Todos gritaban “Goooooool” y de manera inmediata los taxistas tocaban el claxon y todos los que por ahí iban caminando dejaban ver su alegría y un “Viva Honduras”.

Un poco más tarde, la orgía de goles se hizo sentir en las oficinas de Naciones Unidas. Tanto grito de alegría, tanto ir y venir de gente me hizo perder la cuenta de los goles que habían marcado. Al final me enteré que habían ganado 8-1 a la humillada selección canadiense.

Ya entrada la tarde, revisando periódicos antiguos acabé leyendo por encima los titulares de la sección de “Sucesos”, una sección que tengo por costumbre pasar por alto pero que ese día logró captar mi atención debido a una foto impactante y un titular desolador. Ocho jóvenes de Catacamas (en Olancho) habían sido asesinados a sangre fría en un campo de fútbol tres días antes. El mayor tenía 25 años y el más joven apenas era un adolescente de 17.

Imposible no preguntarse, ¿qué tiene que pasar en este país para que la población grite en contra de la violencia como lo hace cada vez que la selección hondureña marca un gol?

Honduras ya tiene a la población honrada secuestrada y encarcelada en sus casas mientras delincuentes y sicarios campan a sus anchas. Ya es, y seguramente por segundo año consecutivo lo será de nuevo,  el país más violento del mundo, por encima de otros que están en guerra.

Hace poco, hablando de este tema con un amigo me dijo algo que me impactó: “por menos de lo que pasa en Honduras, en otro país ya se hubiera desatado una guerra civil”.

Ante esto, no sé muy bien qué hacer ni qué pensar, si admirar a la población hondureña por su aguante ante las adversidades, o más bien gritarle, como dijo mi amigo, “haz algo por tu país más allá de animar a la selección de fútbol”.

¿Qué es la pobreza?

Vengo recién llegada de una semana intensa llena de aprendizajes que aún estoy por asimilar. Una semana de vida en comunidad donde he dado un taller de periodismo a jóvenes desesperanzados, he visitado casas que se alzaban entre charcos de lodo y basura, me han contado historias de terror, muerte y conflicto entre las fronteras de El Salvador, Nicaragua y Honduras y la historia de los abusos de las empresas pesqueras y camaroneras que acaban con los recursos del mar y el mangle, respectivamente.

He convivido con gente auténtica comprometida con la comunidad que voluntariamente patrullan las playas día y noche para proteger los huevos de tortuga en plena época de veda, que voluntariamente limpian y mantienen las playas, que, sin ánimo de lucro, plantan mangle para su conservación después de años de tala sin control y que, aunque no son pagados, cultivan moluscos para que sus hijos y nietos tengan el día de mañana algo para comer.

Gente comprometida de la que te preguntas, ¿cuál es su fuente de ingreso? ¿De qué viven? No he encontrado respuesta.

La primera de las actividades que hice con los participantes del taller fue una redacción para que contaran cómo era su día a día. Eran jóvenes de entre 18 a 28 años y en sus textos se desvelaba que, como sospechaba, no tenían nada que hacer en todo el día. “Me levanto, preparo el desayuno y me voy a pasear con los amigos”, decía uno. “Por la tarde me reúno con mi familia para ver la telenovela”, decía otra. Ninguno estudiaba y sólo dos trabajaban.

Escribir fue para ellos todo un reto. Enfrentar el hecho de tener que llenar una página en blanco, pero sobre todo, tener que pensar. “Escribirme una redacción sobre ‘La vida en mi comunidad’”, les dije, “contadme qué coméis, el clima, dónde esta ubicada, en qué trabaja la gente aquí”. Después de media hora, una chica tenía la hoja en blanco. No se le ocurría qué escribir. Le pregunto qué comen en su comunidad y se me queda mirando, “no lo sé”, me contesta. Sólo cuando le pregunto qué comió anoche o anteayer, parece reavivar un poco de su letargo y se le ocurren tres o cuatro cosas.

Al día siguiente, la actividad y el reto es más difícil. Tienen que escribir un artículo de opinión sobre trabajo infantil. Pocos tienen ideas por sí mismos, pero con un empujoncito y una pequeña ayuda, escriben redacciones que realmente me impresionan. Sin pedirlo, escriben textos largos, donde hablan de las causas y las consecuencias del trabajo infantil y apelan a las autoridades para decirles lo que deberían de hacer para frenar esos abusos.

Es ahí donde mi mente hace un click. Porque después de haber visto las condiciones en las que viven, la falta de recursos de las familias y la carencia total de infraestructuras, llegué a una gran conclusión. Pobreza no es no tener una casa diga, ni una fuente de ingresos, ni letrinas ni carreteras.

Pobreza es no haber sido estimulado a pensar, a plantearse el porqué y el porqué no de las cosas, a desarrollar plenamente la capacidad de relacionar acciones con consecuencias.

Esa, para mí, es la cara más cruel de la pobreza. Porque sólo planteándonos las circunstancias que nos rodean, siendo conscientes de las causas de nuestra situación y las consecuencias que ello acarrea podemos saber qué camino nos lleva al cambio y cuál nos lleva a lo mismo de siempre.

Guachiman: ese hombre invisible

Son más de 60.000 en toda Honduras, pero casi nadie repara en ellos.

Son los guachimanes, todos hombres, la mayoría de mediana edad que, escopeta en mano, custodian edificios y tiendas de toda índole. Farmacias, supermercados, bancos, oficinas y hasta viviendas particulares.

Poca gente les saluda al entrar. Su presencia es tan constante y en tantos lugares que estos hombres logran mimetizarse con la puerta o la pared en la que trabajan de sol a sol, y también por la noche, durante todos los días de su vida.

A veces se pasean de esquina a esquina para mover las piernas y yacen ávidos de cualquier clase de entretenimiento que les haga más ligera la jornada.

A veces me pregunto cuán de eficientes serían ante una situación real de peligro. Si su presencia se justifica por su capacidad de reacción o más bien son un elemento disuasorio.

Lo que está claro es que en un país donde casi todo el mundo lleva armas y está permitido poseer hasta cinco por persona, el vigilante, como tal, está “obligado” a llevarla más grande. Por eso, les llega casi hasta la cintura. A veces incluso les sirve para apoyarse y liberar a su cuerpo de algo de peso para aguantar mejor el plantón insufrible de cada día.

Aquí nadie repara en ellos, pero yo aún no me he acostumbrado del todo a su presencia. Hay momentos en el que en plena calle miro alrededor y me siento rodeada, pero no de hombres, no, sino de armas. Y me pregunto por qué una persona inocente y honrada como yo y otros tantos que acá vivimos tenemos que sufrir la violencia implícita en cada puerta y en cada calle.

Reconciliándome con Honduras

He de reconocer que los últimos acontecimientos de este país me han mantenido con los ánimos por los suelos. Hay tantos motivos por los que desanimarse que a veces es difícil sacar fuerzas y ver los aspectos positivos de Honduras. Pensaba en escribir una entrada para este blog y todo lo que se me ocurría eran temas negativos. Toda una injusticia, porque cosas buenas hay, y muchas, sin embargo las noticias positivas yacen eclipsadas por las malas.

Hablando con una compañera española  llegamos a la conclusión de que todo cooperante en algún momento de su estancia en el extranjero se pregunta “¿qué coño hago aquí?”. A veces uno se siente solo o se ve angustiado por vivencias que en España no tendrían lugar. En esos casos, el hecho de haberlo dejado todo para ponerse en situaciones tan incómodas simplemente carece de sentido.

Mi autoterapia cuando esta sensación me invade es dejar de leer los periódicos y viajar un poco. Dos medidas sencillas y suficientes que me ayudan a reconciliarme con el país.

Agarrar un autobús e irme a cualquier pueblito cerca de Tegucigalpa, disfrutar del paisaje verde como ningún otro gracias a que la época de lluvias ya ha dado comienzo, tumbarme en una hamaca y respirar la suave brisa pura, mirar el rostro de algún anciano entrañable o los ojos de algún niño que tiene agujeros negros en lugar de pupilas.

Ser consciente de lo que cuesta todo en este país: desde desplazarse por las carreteras llenas de baches y curvas,  hasta ganarse la vida humildemente; desde no agotarse bajo el sol que azota fuerte, hasta decir “no” a ciertas cosas.

Mirar a mi alrededor y darme cuenta de que Honduras es bello como él solo sabe y de que  sus gentes son auténticos héroes y heroínas que luchan cada día por vivir dignamente.

¿Hacemos las paces?

Poniendo a Centroamérica patas arriba

Primero fue Otto Pérez Molina, presidente de Guatemala, quien se atrevió a plantear una cuestión tabú como es la legalización o despenalización de las drogas como medida para atajar el narcotráfico y acabar con la violencia que se cierne en Centroamérica. Más tarde fue Mauricio Funes, presidente de El Salvador, quien sorprendió realizando – y negando posteriormente- una supuesta concesión a dos de las principales maras del país -responsables de la mayor parte de las 16 muertes diarias que se registraban en este país de apenas 6.2 millones de habitantes- para que se dejaran de matar entre ellas.

Estos planteamientos novedosos, atrevidos y valientes, están poniendo a Centroamérica patas arriba en los últimos meses. Y es que las estrategias llevadas a cabo hasta el momento no han dado sus frutos: ni la guerra (sucia) contra el narcotráfico ni la mano dura contra las maras han servido para acabar con el problema de la violencia en la región. Si quieres resultados distintos, prueba cosas diferentes, dijo Einsten. Pero, ¿está Centroamérica preparada para asimilar este tipo de cambios?

Despenalización de las drogas: despenalización no significa desregularización. Como pasó en Holanda, que una sustancia sea legalizada no quiere decir que haya absoluta libertad para consumir, comprar y vender. La marihuana es legal, pero está perfectamente regulado dónde consumir y quién tiene el monopolio de su venta. Para asegurar que la ley se cumple, es necesario un Estado fuerte con instituciones firmes que sean capaces de aplicar la ley y no dejar impune a quien la transgreda. De no ser así, si a la impunidad y la falta de orden añades la legalización de drogas, los países se podrían convertir en un paraíso para la venta de las sustancias, donde bandas de otros lugares podrían trasladarse a Centroamérica oliendo negocio seguro.

De ser despenalizada la cocaína, América Central sería la primera región en aprobar esta medida, convirtiéndose en la cobaya del mundo. Teniendo en cuenta las debilidades de la zona no es muy recomendable que un “proyecto piloto” de esta envergadura se realice precisamente aquí porque las consecuencias podrían ser catastróficas: aumento de la violencia y del consumo, sin tener los recursos sanitarios suficientes para tratar a los drogodependientes.

La realidad diaria de estos países evidencia que hay que buscar nuevas estrategias y poner todas las soluciones posibles sobre la mesa sin caer en el moralismo de que las drogas son malas. El debate siempre enriquece, pero teniendo en cuenta la idiosincrasia de Centroamérica es muy arriesgado poner en marcha la desregularización de las drogas precisamente aquí.

Diálogo con las maras: este es uno de los casos en los que habría que aplicar la famosa frase de Maquiavelo “el fin justifica los medios”. Que dos bandas rivales dejen de matarse entre sí y dejen de generar ese clima de violencia que se respira en estas sociedades creo que es motivo suficiente como para sentarse con ellas, dialogar y, por qué no, darles concesiones a cambio de la paz social. Sin embargo, creo que la visión de la gente de a pie dista mucho del eventual apoyo al diálogo y las concesiones a bandas criminales.

En primer lugar, la sociedad no está preparada para el perdón, hecho que, por otra parte, me parece lógico. Bandas que generan tanto malestar deberían de acabar entre rejas. La sociedad es mayoritariamente partidaria de la mano dura, la cadena perpetúa o pena de muerte para sus miembros e, incluso, las muertes extrajudiciales. No creo que se esté en el momento en que la sociedad pueda aún considerar al verdugo como víctima. Aunque lo cierto es que es así: los pandilleros son víctimas de la violencia intrafamiliar, de familias desestructuradas, la exclusión social, la falta de educación, de oportunidades y de empleo, la baja autoestima, los sentimientos de culpabilidad no canalizados, la marginalidad y un largo etcétera realmente complejo que aboca a ciertas personas a considerar a las maras como sus familias, a las armas como un elemento de poder y que pretenden conseguir el respeto de los demás enfundando miedo. Son víctimas que no han conocido otros métodos de actuación.

Pero ni la sociedad está preparada para el perdón ni, una vez más, el Estado cuenta con los mecanismos necesarios para reinsertar a los pandilleros, darles protección y ofréceles una alternativa viable.

Por lo tanto, medidas de tan profundo calado necesitan de un Gobierno fuerte que las ponga en marcha. De no ser así, todo puede ser más caótico de lo que ya es.

¿De cuántas Américas estamos hablando?

La Cumbre de las Américas celebrada este pasado fin de semana en Cartagena de Indias (Colombia) ha dejado patente que no se puede hablar de una América, sino que aquí el uso del plural tiene un significado profundo y real y no se dice por decir.

Obama vendió optimismo para una región que, según sus propias palabras, está en un momento “muy prometedor”. Hablaron de macroeconomía y comercio, y toda la prensa dio datos ejemplares del crecimiento económico de países como Brasil, Argentina, Chile e incluso Colombia.

Pero, ¿son estas perspectivas aplicables a todas las Américas?

–          América del Norte: la opulencia de Canadá y Estados Unidos no se puede equiparar a México, que, a su vez, encierra datos económicos buenos, pero altísimos niveles de desigualdad.

–          Sudamérica: Chile, Argentina y Brasil son los impulsores de la economía de esta región. Colombia está haciendo avances significativos en los últimos años. Pero Bolivia evoluciona a otro ritmo totalmente diferente y, como Perú, tiene regiones absolutamente pobres.

–          ¿Y qué hay de Centroamérica y el Caribe? Haití tiene niveles africanos de pobreza y desnutrición y sigue destrozada después del terremoto. Por su parte, Centroamérica tampoco hay una, pues nada tiene que ver Panamá o Costa Rica (la Suiza centroamericana) con Nicaragua y el triángulo norte formado por Honduras, El Salvador y Guatemala.

Aquí, de verdad, no veo por ninguna parte los buenos augurios de los que habla Obama. Por poner algunos ejemplos sobre la mesa, el aumento de la gasolina (100 lempiras el galón) está ahogando a las familias que pagan más no sólo por el precio del combustible, sino absolutamente por todo: luz, transporte, alimentos básicos, etc. La corrupción impide que los impuestos vayan a las mejoras sociales y la violencia obliga a cerrar a las tienditas familiares por no poder pagar el impuesto de guerra que las pandillas exigen. Por su parte, los “restaurantes” de fast food proliferan a sus anchas sin pagar impuestos al Estado e impiden que comedores tradicionales sobrevivan. Los jóvenes (más del 60% de la población) en su mayoría ni estudian ni trabajan y si acaso tienen subempleos precarios. Además,  más de la mitad de las familias viven bajo el umbral de la pobreza.

El único país de esta región que se salva es Cuba. Que si bien tiene también pobreza y, sobre todo, escasa libertad, cuenta con un buen sistema de educación y sanidad, seguridad ciudadana y entrada de divisas gracias al turismo. Pero no voy a ser yo quien lo defienda, no sea que me tachen de comunista.

Dicho esto, ¿de qué América hablan?. ¿Del norte, el sur o del centro?. ¿Del escaso porcentaje de la población qua acumula la riqueza en la región más desigual del mundo o de la gran masa pobre en riesgo de exclusión?

Vivir entre rejas

Lo que más incomoda a una española que vive en Honduras es que conforme aterriza en el aeropuerto de Toncontín de manera automática e irreversible pierde la libertad de movimiento. Y ese es sólo el inicio de un proceso de naturalización de ver normal lo que nunca ha sido.

Cae la noche y no hay un alma en la calle. Ni siquiera en las avenidas principales que, además, yacen oscuras aumentando la paranoia y la sensación psicológica de miedo e inseguridad. Miro el reloj y son apenas las 7 de la tarde. Es verdad, aquí todo el año oscurece pronto y a partir de esa hora, lo que quieras hacer siempre va a ser movilizándote de puerta a puerta, llamando a uno de los taxistas de confianza para que te recoja en la casa y te lleve donde sea.

Por el día la cosa es un poco mejor, pero aún así tampoco se puede caminar tranquila. El bolso lleno de trastos que siempre llevaba en España ahora se queda en la casa y sigo a rajatabla las recomendaciones de todos los amigos: andar con lo menos posible. Tengo el móvil más barato del mercado: 200 lempiras, 8 euros; no llevo ni reloj, ni joyas ni ropa de marca, por si acaso.  Pero eso sí,  no se me olvida ponerme unos 100 lempiras en el bolsillo del vaquero por si  me asaltan al menos poder darles algo, si no, me advierten, podrían golpearme precisamente por no tener nada de valor.

El peligro puede acechar en cualquier parte. Si la calle es concurrida (siempre lo será de vehículos, nunca de personas caminando) tampoco hay que sentirse segura, pues los asaltantes muchas veces salen de coches o motos. Si la calle es intransitada, estás vendida.

Ayer, caminando a plena luz del día, alguien me gritó: “¡Joven! tenga cuidado que por ahí están asaltando”. Con taquicardia en el cuerpo y mil ojos llegué a mi casa sana y salva. Me senté en el sofá, me relajé un rato, miré por la ventana y ahí estaban, las rejas y las alambradas que separan la hostilidad de la calle de la tranquilidad de mi casa.

… to be continued.